Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar

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Por: Mtro. Juan Luis Garay

El inicio del 2026 a todos nos trajo grandes sorpresas que recibimos como catalizadores para siempre seguir adelante, porque mientras estemos vivos la vida como se dice popularmente “hay que vivirla”.

Retomo a través de este medio mis columnas de opinión esperando sean leídas, analizadas y desde luego retroalimentadas y para ello no hay como hablar del tema que está ardiendo en las redes sociales, me refiero al tema de Venezuela.

Un tema que obliga a señalar como la historia de América Latina parece estar condenada a un eterno retorno de narrativas y miedos. Lo que hoy ocurre en Venezuela tras la “sorpresiva” captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses y la posterior tensión militar en Caracas no es solo un conflicto regional; para México, es el combustible que alimenta una maquinaria de propaganda que lleva décadas perfeccionándose.

Desde el 2006, la derecha mexicana ha utilizado la figura de Venezuela como un espantapájaros electoral. Hoy, con los eventos de 2026, la prensa conservadora, (y aunque como persona reciba críticas por decirlo) la Iglesia Católica y diversos personajes de la oposición han reactivado el guion con una rapidez quirúrgica. Los titulares no solo informan sobre la caída de Maduro; celebran la intervención como un “triunfo de la libertad” y, en una pirueta retórica familiar, advierten que “México es el siguiente”.

Este patrón se repite históricamente porque es efectivo. Al trazar un paralelismo directo entre el chavismo y el proyecto de la Cuarta Transformación, se busca generar un estado de pánico que desplace el debate sobre las políticas internas hacia el terreno de la seguridad nacional y el miedo al autoritarismo. No es casualidad que, mientras el gobierno mexicano llama a la soberanía, la oposición aplauda la bota militar extranjera en suelo caribeño, sugiriendo de forma implícita que una solución similar no vendría mal en territorio nacional para “poner orden”.

Por otro lado, la respuesta de los principales actores de la 4T ha sido recibida por amplios sectores y en mi opinión personal como “tibia”. Si bien la presidenta Claudia Sheinbaum y la Secretaría de Relaciones Exteriores han condenado el uso de la fuerza y han apelado al Derecho Internacional, el tono parece insuficiente frente a la magnitud de lo que muchos consideramos un mecanismo de desestabilización continental.

La retórica oficial se ha mantenido en el margen de la “no intervención”, pero en un contexto donde el propio Donald Trump vincula directamente la situación de Venezuela con el control de los cárteles en México y la seguridad fronteriza, la diplomacia de comunicados se percibe como una guardia baja. La 4T sabe o debería saber que el asedio a Venezuela es el laboratorio de lo que se pretende aplicar en México: la erosión de la soberanía bajo la narrativa del “Estado fallido” o el “narcogobierno”.

Recordemos que históricamente la tibieza en política exterior frente a intervenciones flagrantes a menudo se interpreta no como neutralidad, sino como permiso.
El verdadero peligro de esta narrativa compartida por la prensa de derecha, la Iglesia Católica Mexicana y los intereses geopolíticos del norte es la normalización de la intervención. Al convencer a una parte del pueblo mexicano de que estamos como Venezuela, se pavimenta el camino para aceptar medidas extraordinarias que socavan la democracia.

El patrón es claro y es histórico, primero satanizan los hechos al equiparar liderazgos locales con el régimen venezolano, es decir asegurar que son narcopolíticos, que fueron financiados con recursos provenientes de carteles o con dinero de Venezuela, es decir una narrativa que busca repetirse miles de veces para que las personas lo consideren como verdad.

Después de la satanización la derecha buscara inducir una crisis celebrando las sanciones o presiones externas que afecten la economía y finalmente promoverán el intervencionismo humanitario asegurando que solo una fuerza externa puede “rescatar” al país.

Históricamente, estos mecanismos han servido para derrocar gobiernos que no se alinean con los intereses de Washington. Hoy, México, la Cuarta Transformación y los pseudopolíticos izquierdistas que cobran del erario por la grandeza de morena se encuentran en la encrucijada de defender su soberanía con algo más que palabras, o permitir que el espejo de Caracas termine por quebrar la estabilidad propia y a estos últimos se les acabe el sueño de creerse que en verdad representan al pueblo, salvo honrosas excepciones.

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