La burbuja de papel: el espejismo del básquetbol en Autlán

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Hoy saldré un poco de la ruta común de mis columnas para compartir un tema muy interesante y no menor que percibo ocurre en mi municipio y que, la verdad, lamento mucho por el enorme talento que existe en Autlán, pero que no se potencia para que de verdad alcance niveles emblemáticos en el deporte regional, estatal o nacional.

Desde luego, aclaro en este punto que no cuestiono en ningún momento la entrega de padres y madres de familia que apoyan sin regateo alguno a sus hijos e hijas; no cuestiono la capacidad de jugadoras y jugadores, y mucho menos el esfuerzo de quien por voluntad propia promueve la participación de jóvenes autlenses en competencias fuera del ámbito municipal, donde terminan siendo todo: entrenadores, paramédicos, personas de estadísticas y un sinfín de cosas más. Pero sí es importante señalar que lo que hoy se vive es necesario cambiarlo para poder destacar.

¿Por qué menciono esto? Porque al salir de la zona de confort de nuestro encumbrado Autlán de Navarro para enfrentar una competencia regional o estatal de cualquier deporte —en este caso, de básquetbol— es, para muchos jóvenes y entrenadores, un baño de realidad helada. Ya que, mientras en los comunicados oficiales se presume un “apoyo total al deporte”, las canchas no mienten: cuando nos medimos con otros municipios, queda claro que la brecha no es solo de puntos en el marcador, sino de una estructura institucional fallida.

A nivel local, el discurso suele ser triunfalista. Se inauguran torneos con cortes de listón y fotos para las redes sociales, alimentando una percepción de progreso. Sin embargo, al cruzar los límites del municipio, esa burbuja estalla.

En un torneo en el que estuve presente este fin de semana, jugadores y padres de familia nos encontramos con delegaciones de otros municipios donde el básquetbol no es un evento aislado, sino un proceso continuo. Mientras en Autlán se “apoya” con el transporte, otros municipios llegan con cuerpos técnicos completos (entrenadores, asistentes y estadísticos), programas de nutrición y seguimiento físico, y un calendario de competencia que no depende del capricho en turno.

La diferencia más dolorosa no siempre es el talento físico, sino la preparación mental. En Autlán, el deportista suele forjarse en la precariedad y el esfuerzo individual. En cambio, los competidores de municipios con organizaciones deportivas sólidas —ya sean públicas o privadas— muestran una disciplina táctica y una resiliencia psicológica que solo se obtiene mediante la alta competencia constante.

“La realidad es que estamos compitiendo con herramientas de ayer contra sistemas del mañana”.

La organización en otros lugares demuestra que el deporte se trata como una inversión a largo plazo, no como un gasto de relaciones públicas. Allí, las ligas privadas y los institutos del deporte trabajan en conjunto, algo que en nuestra realidad local parece una utopía debido a la fragmentación y la falta de una visión técnica profesional.

Es frustrante observar cómo otros municipios han logrado consolidar academias que funcionan como relojes suizos. Su organización les permite gestionar patrocinios reales y capacitar constantemente a sus árbitros y entrenadores.

En contraste, el basquetbolista autlense a menudo se enfrenta a la improvisación. La falta de un plan de desarrollo deportivo municipal serio nos condena a ser “eternos entusiastas” que, al enfrentarse a verdaderas maquinarias deportivas, descubren que el talento natural tiene un techo muy bajo si no hay una institución que lo respalde.

El “apoyo al deporte” en Autlán no puede seguir limitándose a la entrega de uniformes o al vale de gasolina para el pago del autobús. Si realmente queremos que el básquetbol —o cualquier deporte de nuestro municipio— destaque, el gobierno debe transitar del discurso a la profesionalización, iniciando por lo menos con algo muy simple: echar a andar la Comisión Municipal del Deporte (COMUDE) como un Organismo Público Descentralizado. Necesitamos instituciones que entiendan que competir no es solo “ir a jugar”, sino presentarse con una estructura que respalde el esfuerzo de cada joven que suda la camiseta.

Es hora de dejar de mirarnos el ombligo y aceptar que, allá afuera, el nivel nos está rebasando. El primer paso para mejorar es reconocer que nuestra realidad deportiva actual es, lamentablemente, insuficiente.

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