Por Mtro. Juan Luis Garay Puente
Amable lector, el día de hoy es importante dar la vuelta a las páginas vívidas en días anteriores llenas de miedo y preocupación después de los hechos de violencia que presenciamos principalmente los jaliscienses y retomar temas de importancia política para una sociedad que está ávida de mejorar el futuro que se nos avecina.
Por tal motivo hablaré en esta ocasión sobre cómo la incongruencia sigue siendo el “coco” de todo político al estar expuestos a que en determinado momento salga a la opinión pública algún dato que pudiese manchar la “pulcritud” que dicen tener y más cuando se presume estar en el lado correcto de la historia.
Hay una frase en el refranero popular mexicano que debería ser el primer mandamiento de cualquier servidor público: Para tener la lengua larga, hay que tener la cola corta. Sin embargo, en el escenario político del pasado y el actual, parece que la longitud de la lengua crece en proporción directa a la desmemoria y al cinismo de quienes ostentan un cargo público.
El discurso político es, por naturaleza, seductor. Es sencillo articular promesas de honestidad, envolverse en la bandera de la integridad y señalar con dedo flamígero las deudas morales de prianismo del pasado como usualmente lo hacen algunos políticos afines a la cuarta transformación para evadir debates serios o esconder sus fechorías. Pero la política no se mide en decibelios ni en la elocuencia de una tribuna; se mide en la frialdad de los hechos. Y es ahí, cuando ponemos los actos sobre la balanza, donde el discurso de la “transformación” comienza a mostrar sus grietas más profundas.
Uno de los pilares éticos que el morenismo ha pregonado desde su fundación es la erradicación del influyentismo y el nepotismo. Se nos dijo, una y otra vez, que el gobierno no sería una agencia de empleos para la familia ni un botín para los allegados.
No obstante, la realidad que concierne al menos a la diputada federal actual del distrito 18 ha decidido llevarle la contra al guion oficial como lo muestran publicaciones que si bien están bajo reserva fluyen ya en las redes sociales, evidenciando casos de nepotismo en el ámbito laboral del Congreso de la Unión
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El nepotismo no es solo una falta administrativa; es una declaración de intenciones. Cuando un político utiliza su posición para potenciar y asegurar el futuro de sus familiares más cercanos, ignorando los principios de su propio partido, está enviando un mensaje claro: mis valores terminan donde empiezan los intereses de mi sangre.
Lo que resulta verdaderamente corrosivo para la democracia no es solo el acto de favorecer a un pariente, sino la doble moral con la que se justifica. Resulta fascinante, por no decir indignante, observar cómo las mismas prácticas que ayer se denunciaban como “corrupción neoliberal” hoy se disfrazan de “coincidencias de talento” o “derechos legítimos” de los familiares para participar en la vida pública.
Esta disonancia cognitiva genera un vacío peligroso que provoca la erosión de la confianza, es decir; el ciudadano deja de creer en la palabra porque el ejemplo la contradice. Además, todo lo que se pregona sobre el esfuerzo, la dedicación y la preparación que fundamentan el mérito queda en un estado de coma pues con actos de nepotismo se lanza el mensaje de que el esfuerzo y la preparación valen menos que un apellido o una conexión directa con el despacho principal.
Finalmente estos actos caen en el cinismo institucional, es decir la regla se aplica para los de afuera, pero, se ignora para los de adentro, la ley se convierte en un simple instrumento de conveniencia.
Así pues, la realidad no admite otros datos al final del día, el discurso político puede ser una estructura majestuosa de palabras bonitas, pero si no tiene cimientos de coherencia, es una cáscara vacía. No se puede pedir austeridad desde el privilegio, ni exigir honestidad mientras se firman nombramientos para los primos, hermanos o hijos.
La balanza no miente, si el peso de los favores familiares es más grande que el compromiso con los principios, entonces el discurso no es más que una simulación. Para gobernar con autoridad moral, no basta con hablar diferente; hay que ser diferente. Porque cuando la cola es larga, por más que se estire la lengua para defender lo indefendible, el peso de la realidad termina por jalar de vuelta y exhibir la verdadera estatura de quienes nos gobiernan.


