La poesía que nos vuelve perezosos

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El peligro de aplaudir discursos mientras la realidad se estanca

Por Mtro. Juan Luis Garay Puente

Vivimos en la era de la “frase matona”. En una sociedad altamente conectada y sedienta de referentes, hemos desarrollado una preocupante tendencia a canonizar palabras y a elevar a los altares del heroísmo a cualquiera que articule un discurso medianamente profundo, emotivo o disruptivo. El problema no es la elocuencia, sino nuestra disposición a aceptar el sustantivo como sustituto de la acción, tal y como lo dijera el compositor Ricardo Arjona en aquella polémica canción llamada Jesús es Verbo no Sustantivo….

Nos hemos vuelto expertos en consumir retórica mientras la realidad, tozuda y gris, permanece intacta y aparentemente será eterna.

Es común observar cómo figuras políticas, activistas de redes sociales o líderes de opinión son coronados como “héroes” tras un discurso viral tal y como sucedió ayer con el artista puertorriqueño Bad Bunny a razón de su presentación en el Show de medio de tiempo del Super Tazón. Se celebra su “valentía” de decir lo que todos piensan, se diseccionan sus metáforas y se comparten sus clips hasta el cansancio.

Sin embargo, si apagamos el ruido digital y observamos las condiciones materiales de la mayoría en el mediano o largo plazo, el panorama será desoladoramente el mismo: la desigualdad persistirá tras los discursos sobre justicia social, la precariedad continuará después de las ponencias sobre resiliencia y la burocracia se mantendrá ilesa frente a las promesas de cambio radical.
El discurso se convierte, entonces, en un fetiche. Al aplaudirlo, el espectador siente que ya cumplió con su parte del contrato social. “Alguien por fin lo dijo”, pensamos, y con esa pequeña dosis de dopamina moral nos retiramos a seguir viviendo exactamente igual que ayer.

Esta sobreestimación de la palabra genera un efecto sedante. Las frases profundas actúan como un bálsamo que alivia la comezón de la injusticia, pero no cura la herida. Nos conformamos con que el líder o la figura de turno “nos represente” en el habla, mientras en los hechos, las estructuras de poder y las carencias diarias no se mueven ni un milímetro.

Es una forma de heroísmo de bajo costo. Para el que habla, es fácil ser valiente con un micrófono si no hay un compromiso real de gestión tras el escenario. Para el que escucha, es cómodo ser revolucionario desde el aplauso si eso no implica exigir resultados tangibles.
“El peligro real no es que las palabras sean vacías, sino que las aceptemos como si fueran comida cuando lo que tenemos es hambre de cambio”.

Debemos empezar a desconfiar de la belleza de los discursos cuando no vienen acompañados de una hoja de ruta. La verdadera importancia de una figura pública no debería medirse por su capacidad de conmovernos hasta las lágrimas, sino por su capacidad de transformar nuestra cotidianeidad.

Si las condiciones de vida de la mayoría siguen siendo las mismas, ese discurso no fue un acto de heroísmo; fue, simplemente, una excelente pieza de entretenimiento. Es hora de dejar de coleccionar frases inspiradoras y empezar a exigir hechos que, aunque sean menos poéticos, sean reales.

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